Algunas reflexiones sobre la formación de los Psicólogos en Argentina


Elio Rodolfo Parisí (*)

En Argentina, la carrera de Psicología y la función del psicólogo son altamente valorados por gran parte de la sociedad.

No sin costo, con el transcurrir del tiempo y los resultados de las intervenciones psicológicas, la gente se está despegando del mito recurrente que sostiene que “a los psicólogos van los locos”, para comprender que, en realidad, se debe contar con determinados recursos internos a la hora de poder, desde lo personal, sostener un tratamiento individual. Uno de ellos, fundamental a la hora de poder solicitar ayuda profesional, es la conciencia de enfermedad, característica carente en los “locos”, psicópatas, psicóticos, perversos, etc.

Este mito ha sido generado, entre otros motivos, por el desconocimiento y desconfianza de las teorías y los abordajes psicológicos (porque las disciplinas psicológicas tienen poco más de cien años), apoyado ésto por una fuerte construcción de prejuicios -que se encarnaron en el imaginario social a través del tiempo- y sostenido desde la misma resistencia de las personas a recibir o solicitar ayuda, como síntoma recurrente frente a la enfermedad mental.

Otro de los grandes problemas que tuvieron que afrontar los psicólogos en las pasadas décadas, se refirió a la legalización de su trabajo. Durante años, los que dispensan las políticas de la salud mental y quienes manejan las obras sociales, no reconocían su quehacer, y se trabajaba en la clandestinidad. Tal como lo sostiene en este mismo número la Lic. Libertad Amante(1) , durante 30 años se trabajó sin reglamentación legal .

En la actualidad, la Argentina es una gran productora de psicólogos y cuenta con variadas escuelas de formación de diferentes líneas teóricas psicológicas –en la que el psicoanálisis ocupa un destacado lugar, no sólo a nivel local, sino, a nivel mundial-.

Pero existen aspectos, críticos al fin, que aún no se atienden con la premura que éstos necesitan. Aspectos que definen cierta dialéctica con que los psicólogos nos relacionamos con la realidad en la que, por ahí sin percibirlo, estamos involucrados.

Me estoy refiriendo, concretamente a dos problemas, que deberían ser resueltos. Por una parte, uno de ellos está referido a la formación que reciben los psicólogos, y, por otra parte y como consecuencia de ello, a la desatención, a nivel público –estatal- de la salud mental.

Respecto de la formación de los psicólogos, las Universidades argentinas, en sus planes de estudio, conforman una currícula -que implica una concepción respecto de la salud y de la enfermedad mental y, por consiguiente, un forma de abordaje hacia ese sujeto “enfermo”- orientada a un “paciente” con un perfil psicológico que define, en realidad, a un sujeto de clase media. Este sujeto perteneciente a una determinada clase social recibirá –probablemente- atención en un consultorio privado y contará con una problemática focalizada desde la construcción teórica -la mayoría de las veces- en aspectos individuales. Aún cuando, desde las diferentes líneas teóricas, se trabaje para “ajustar” ese sujeto a una realidad.

El término “ajustar” define una forma dialéctica de concebir la curación, que implica una forma de constricción : un sujeto se constriñe a una realidad para “mejorar” su enfermedad. Uno puede pensar que, en realidad, el sujeto necesita ser libre, más que nada de su dolor psíquico, para, precisamente, mejorar su vida. Y esto que no confunda a nadie, no me refiero a la pérdida de los frenos inhibitorios, ni a que la gente deambule con sus instintos libremente, ni nada por el estilo.

Una de las grandes pérdidas que hemos obtenido en estas últimas décadas, ha sido precisamente la de la libertad, aún cuando se pregonen permanentes discursos democráticos, en épocas democráticas, puesto que esta democracia está enferma ya que adolece del cuidado y de la protección de los derechos de los ciudadanos..

Esa (de)formación brindada desde las Universidades, está cimentada, en casi todas las carreras de psicología, por una alta desinformación respecto de las situaciones coyunturales e históricas existentes –que determinan diferentes tipos de “subjetividades” - y de los análisis dialécticos que éstas requieren.
Esta especie de “asepsia” frente a la realidad, de parte de quienes tienen la responsabilidad de (de)formar a los psicólogos, no sería más que otro síntoma social de alienación (2), que coloca a los (de)formadores en lugares desde los que no alcanzan a dimensionar las magnitudes de los cambios sociales y que terminan siendo “arrollados” por éstos.

Algunas líneas teóricas, especialmente el psicoanálisis, se ocupan de la historia del paciente. Otras líneas teóricas niegan esa posibilidad: la realidad conmina a que “readapten” rápidamente a los sujetos “enfermos” a su realidad (enferma al fin). Pero de lo que adolecen las dos líneas, es del análisis histórico social –que implica un sólido conocimiento de la historia por parte del analista y, por ende, una postura ideológica clara frente a ella-, a través del cual, se podrían determinar las condiciones de posibilidad que tuvo un sujeto –o un grupo- para construir su subjetividad: condiciones individuales, políticas, ideológicas, coyunturales, económicas, sociales, educativas, etc.

Por cierto que, en muchos casos, los psicólogos carecen de la posibilidad de generar niveles de análisis críticos y creativos para intentar comprender esa realidad, a la que, por otra parte, pretenden “curar” y lo que terminan haciendo, muchas veces sin comprenderlo, es legitimar el orden social, que es el generador del “desorden social” y, por ende, “subjetivo”.

Esta realidad curricular y académica, se traduce en la formación y en la aspiración de los futuros psicólogos que buscan, como salida laboral y para la cual se los forma, trabajos en consultorios privado, las más de las veces.
Por cierto que estos problemas no distan ideológicamente de otras profesiones. Sin ir más lejos, las carreras de arquitectura reflejan ese mismo estado de cosas: a los arquitectos se los educa en la sofisticación de las formas y para la construcción de viviendas altamente costosas y no para activar un pensamiento que pueda reflexionar respecto de la construcción de viviendas cómodas para personas de bajos recursos, realizadas con materiales económicos y seguros. En la práctica cotidiana, rara vez se busca a un arquitecto para una ampliación de una vivienda “común” , ya que los costos son elevados.

Por otra parte, estudiantes de Ciencias Económicas en una Universidad estatal, expresan con mucha desazón, cómo se los forma, desde el mismo Estado, para evadir al fisco.

Podríamos continuar citando otras profesiones en las que la formación que se brinda a los alumnos no responde a criterios coyunturales, ni a necesidades concretas de la población; pero me interesa retomar el otro punto que quedó pendiente: la desatención de la salud mental, por parte del Estado.

Esta desatención responde, por cierto, a un estado de situación reinante a partir del quiebre del Estado como Estado benefactor, para dar paso a un Estado des-protector. Por tanto, a la salud mental, le “caben” las generales de la ley: el Estado poco se preocupa por ella.

Pero esto también responde a la ideología reinante en la formación de los psicólogos que, por cierto, refleja la ideología de los formadores y de los que detentan el “saber” en la psicología. No olvidemos que la psicología suele ser un muy buen negocio (3) cuando se la orienta desde una óptica mercantilista , entre otras.

La atención hospitalaria, o en centros de salud barriales, etc., no es un bien preciado por la mayoría de los psicólogos, quienes cuentan, por cierto, con escasas herramientas para abordar las problemáticas sociales comunes. Generalmente, esto sucede porque se parte de la concepción de que, para recibir atención en salud mental, se deben cubrir las necesidades básicas, de lo contrario no será un sujeto que pueda pensar, si tiene la “panza vacía” -que implica que la psicología es sólo para la clase media o la clase alta-, más allá de la razonabilidad del criterio.

Entonces tenemos el deber de preguntarnos porqué no somos generadores de salud, en términos de comprometernos en la búsqueda de herramientas que le permitan al sujeto modificar la realidad que lo enferma y en relacionarnos dialécticamente con las problemáticas sociales .

Porqué no nos constituimos en profesionales que abordemos la prevención como eje de nuestra práctica? Quizás porque prevenir implique corrernos de nuestros lugares ideológicos, del calor del consultorio, de la enorme gratificación que produce cierto nivel de idealismo intelectual (4), al servicio del goce íntimo y no al servicio del otro.

Donde los psicólogos nos ubicamos desde un saber “cerrado”, no sólo desde su praxis privada –que suele constituirse en un lucroso negocio: seminarios, supervisión, derivaciones, etc.-, sino también, desde su lenguaje académico, incomprensible, la mayoría de las veces (5).

Pero parece que se está muy lejos de aquello; a los psicólogos se los (de)forma para trabajar sólo con sujetos “satisfechos” desde las necesidades básicas, y se los esclaviza desde los diferentes edificios teóricos (6), donde terminan siendo rehenes de la teoría y constituyéndose como sujetos ajenos a la realidad. Entonces la Psicología se convierte en un objeto de consumo, tanto para la sociedad, como para los mismos psicólogos.
Y así, los psicólogos se convierten sólo en objetos “suntuarios” de consumo, para aquellos que pueden “pagar” su consumo.

Para ir cerrando la reflexión, me parece razonable recordar a uno de los pensadores y hacedores de la Psicología Social argentina, Pichón Riviere, quien suele ser bastardeado a diario desde sus mismos discípulos, ya que han hecho un negocio de su práctica de grupo y no respetan el carácter ideológico que Riviere planteó cuando “pasó del psicoanálisis a la psicología social” y cuando sostenía que el psicólogo (psiquiatra) debía ser un “agente de cambio”, que facilitara al sujeto modificar su realidad.

Esta no es una discusión que deba cerrarse, sino que necesita mucha reflexión y discusión. No busco una sola dirección en la formación de los psicólogos, ni tampoco la banalidad de intentar construir un saber único ni universal. Tampoco busco negar el largo y útil camino que ha construido la psicología en nuestra sociedad, como acompañante del dolor psíquico de millones de argentinos.
Pero si creo que la psicología debe comenzar por replantearse su propia ideología, o, en todo caso, sincerarla. Quizás así, puedan escucharse otras voces, tanto desde lo teórico, como desde las mismas necesidades de una gran parte de la población argentina que está muy afectada por gigantescos problemas sociales.


* Doctor en Psicología. Docente de Psicología Política y Psicología Social. Director del Proyecto “Prevención y Atención a la niñez en Riesgo Social”. Director de la Revista Electrónica de Psicología Política. E-mail: erparisi@unsl.edu.ar

1 Ver “Discurso Día del Psicólogo” en este mismo número.

2 Estado del sujeto en que éste se halla fuera de sí y constituye algo ajeno y extraño con relación a la realidad a la que pertenece ( Diccionario Océano de la Lengua Española).

 

3 En los diarios de mayor circulación nacional, aparecen frecuentemente, avisos de psicólogos que ofrecen “alivio y formación” a los sectores gerenciales, a la hora de despedir personal. También debemos recordar cuántos colegas cobran sumas altísimas en sus consultorios. Y para finalizar, debemos también recordar, como algunos colegas colaboraron con la dictadura militar.

 

4 Que se puede leer como “síntoma” de la formación psicológica.

 

5 No faltará quien lea estas palabras con suspicacia y me endilgue falta de cientificismo académico.

 

6 En absoluto es una critica a la teoría como “lectura y especulación” frente a la realidad, para posteriormente abordarla de manera científica, sino a la actitud que se adopta frente al enamoramiento o “pasión” por la teoría, que termina forzando a la realidad y que desentraña cierta “ceguera” conceptual.